Publicado en elnortedecastilla.es. Ver en la web original >>

El cuadro vasco neutraliza la salida en tromba de los de Senovilla (5-1) que, en la segunda parte, encontraron muchas dificultades para encontrar su balonmano en los momentos defintivos

Darío Ajo lanza un disparo a puerta en un momento del encuentro celebrado ayer en Nava ante el Zarautz. Antonio Tanarro

Darío Ajo lanza un disparo a puerta en un momento del encuentro celebrado ayer en Nava ante el Zarautz. Antonio Tanarro

 

La suma de muchos pocos dejó al Nava con una cara de enorme decepción y tristeza. El equipo de Álvaro Senovilla sabía de la vital importancia de conquistar la victoria en este duelo de desposeídos de la fortuna.

Fue un partido lleno de significados y de pequeños detalles. Por desgracia, la mayoría fueron cayendo (sin estridencias, a cuentagotas) casi todas del lado visitante, que supo desentrañar cada matiz que ofrecía el duelo en el punto de maduración, sobre todo a partir del ecuador del segundo tiempo, cuando cada pelota parece un balón medicinal, cuando cada segundo parece un fotograma congelado en el tiempo y cada acción tiene un valor incalculable. Lo hizo unas veces apoyado en la figura enorme de su espigado guardameta, otras rebañando los múltiples rebotes que acabaron en sus manos, cuando no llevando a su terreno los balones divididos que caían unas veces sí y otras también a su lado.

Y así impuso su narración el Amenábar, ofreciendo siempre la imagen de ese alumno sin excesivo talento puro para el sobresaliente creativo, pero tremendamente conocedor de su hábitat de confort y de la forma de alcanzar los retos propuestos a base de constancia y repetición.

Más allá de que la normativa acabe dictando la sentencia que parece más lógica en el caso Aragón (es decir, que se formalicen sólo dos descensos a Primera de esta División de Honor Plata) los jugadores parecían quererse olvidar de carambolas y se lanzaron a tumba abierta en el arranque de partido.

Salió impetuoso el Nava, en tromba el conjunto de Álvaro Senovilla, que situó un 3-0 de arranque y un 5-1 en el minuto 5 de partido. El duelo parecía encauzado, entre el correcto timón sobre la cancha de un juego vibrante en ataque y sostenido eficazmente en defensa.

La anticipación atrás estaba propiciando los primeros cinco minutos un panorama sorprendente, con tres contras claras de los naveros que concluyeron en gol, después de sendas transiciones sin mácula de costa a costa como auténticos colonizadores. En este mismo espacio de tiempo,tres tarjetas amarillas como respuesta colegial al ímpetu de unos y otros, en la intención de dejar marcadas las líneas que delimitaban lo permitido.

Pero había un indicio significativo de que la cosa no sería fácil. Si durante toda la semana el técnico navero había advertido de la ‘pesadez’ y capacidad para aferrarse al partido del Amenábar, la cosa quedó completamente confirmada desde ese mismo instante.

Y ahí apareció el ADN de los visitantes. Tiempo muerto de Zarautz, que ajusta un par de detalles en defensa, prolonga las jugadas con más dinamismo ofensivo y termina por conseguir la igualada a cinco en el minuto 9, ascenso que culmina con la remontada (6-5) en el 10, en un zarpazo al electrónico que (lejos de ser anecdótico)pasará a ser prácticamente una constante.

La receta, dos para uno a Darío Ajo en la corona del área y gran trabajo de la infantería en las ayudas, flotando y basculando en el esfuerzo defensivo tanto al corazón de la cancha como –sobre todo– a los flancos, asfixiando las acciones de los centrales y laterales segovianos.

Si le añadimos el agrandamiento de la figura del meta visitante, que empezó a detener todo tipo de lanzamientos, encontramos buena parte de lo que cortocircuito a un conjunto, el local, que se ofuscó hasta tal punto que no volvió a perforar la portería de De Carlos hasta el 13, cerrando un negro paréntesis de ocho minutos sin ver puerta.

La disciplina de Amenábar fue notable en todos los estadios del juego y obligó al Nava a extender hasta el límite cada ataque. Prueba de ello fueron los tres palos que estrelló el cuadro de Senovilla en apenas 20 minutos, como símbolo de la dificultad que hallaban en el frente contrario.

Duelo de bajitos, que daba gusto verlos sobre el azul navero. En un lado y otro, blanquirrojos y negros se multiplicaban en un ejercicio de esfuerzo contumaz. Ágiles y veloces; fintaban, amagaban, buscaban todos los huecos entre brazos y piernas, coordinando sus rotaciones los vascos al ritmo de Iraeta (coronel en la cancha) siempre bien secundados por el Torrico y Lertxundi.

En el lado local, los Villagrán, Camino, Isma Juárez, Bruno o Simón seguían también a lo suyo, transmitiendo la sensación de que –si seguían desgastando al rival– tarde o temprano debería producirse el derrumbe de las fuerzas visitantes. Pese a las indudables dificultades, cuando los de Senovilla podían acabar las rotaciones con pelotas a los extremos, ahí comenzaba a ver la luz, pues la efectividad fue grande.

Pasaban los minutos. Con un Amenábar que dominaba el marcador, llevando enganchado con esfuerzo al Viveros Herol Nava, hasta que en el 23 llegó la igualada a 11. Nadie podía sospechar que los locales no volverían a mostrar el morro por delante en el electrónico hasta el minuto cinco de la segunda mitad, con un 14-13 que jaleaba a la grada.

El encuentro tenía toda la pinta de seguir por los derroteros de máxima igualdad, con defensas muy exigentes que alumbraban el camino. Si la primera parte había tenido varios ritmos y virajes, esta segunda transitaba por el riel que había quedado como plano fijo desde el minuto 10 de partido.

Para desgracia de los naveros, el cuadro vasco consumó una victoria tras desentrañar la fórmula para jugar con las distancias. Unas veces a dos y otras tres tantos, fue dosificando la diferencia sin que el equipo segoviano pudiera terminar por abrazarle.

En el ecuador de la segunda mitad el pulso del encuentro se acelera. Zarautz es un conjunto veterano, con el que el Nava se ha medido en infinidad de duelos, desde la época de Primera Nacional. Y llegados a ese punto, Senovilla entiende que medio partido está en ese momento en el que a los suyos parecían vehículos con la dirección fija, chocando una y otra vez con el meta vasco. Tiempo muerto para tratar de señalar el camino.

El golpe en la nariz a Villagrán, con la cara ensangrentada, fue un tirón de las solapas al Viveros Herol, que echó el resto hasta ponerse 21-22 en el 22, en un vaivén infatigable que no atracaba nunca en buen puerto para los locales.

Cinco minutos finales en los que el Zarautz parecía haber jugado este partido unas cien veces antes. Se situó 21-25. Abocados a sufrir, nadie quería ver pasar el tren de la victoria sin dejarse la vida en ello. Nava desespera con 4-2 en defensa y en un ejercicio de supervivencia y a la heroica, se engancha al encuentro con un tanto por debajo en los instantes finales.

Sin embargo, el cuadro vasco se había hospedado con comodidad en estos momentos de tensión extrema y siguió remando como si supiera que, hiciera lo que hiciera, se llevaría finalmente la victoria. Como así ocurrió al final, con 25-27. Tres partidos por delante… y toca apelar a la épica.